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Relato 16 – El reino subterráneo de la fascinante Tamar

La carretera continuó abriéndose paso, por collados imposibles, hasta que dejamos atrás el pequeño Cáucaso. El paisaje cambió por completo. Siguiendo el curso del rio Mtkvari, nos encontramos con tierras áridas y rocosas, que nos recordaban a la meseta castellana. Tras una curva, divisamos, en la alta colina rocosa, en el estrecho cañón, en la confluencia de los ríos Mtkvari y Paravani, un imponente castillo. Desde una de las fortalezas más antiguas de Georgia, el castillo de Khertvisi, vimos la puesta de sol, sintiéndonos afortunados de pasear, entre los mismos muros, por donde el mismo Alejandro Magno, Mongoles, Turcos y Rusos dejaron sus huellas.

Llegamos a Vardzia con las últimas luces del día. Como tomado directamente, de las páginas del Señor de los Anillos, a la derecha apareció un monasterio, excavado en la sólida roca, construido, no por enanos, sino por georgianos y su legendaria reina Tamar. Cruzamos el puente, dejando la visita para el día siguiente y buscamos un lugar donde pasar la noche.

Por la mañana, decidimos explorar el complejo sistema de cuevas ennegrecidas con humo y sinuosos túneles. Los murales en la Iglesia de la Asunción, situada en el centro del monasterio, retrataban escenas del Nuevo Testamento. En la pared del norte, pudimos ver un retrato de la fascinante reina Tamar y revivimos su historia. Y es que al final del siglo XII, el reino medieval de Georgia, se resistía al ataque de las hordas mongolas, la fuerza más devastadora que Europa había visto jamás. La reina Tamar ordenó la construcción de este santuario subterráneo. Cuando se completó esta fortaleza subterránea contenía 6000 habitáculos, una sala de trono y una gran iglesia con un campanario exterior. Se dice que la reina Tamar, la primera mujer soberana de Georgia, disponía de 366 habitaciones, para que en el caso que Vardzia fuese invadido, al enemigo le costase ubicarla.

Se supone que el único acceso a esta fortaleza era, a través de un túnel oculto, cuya entrada estaba cerca de la orilla del río. Con tales defensas, el lugar era inexpugnable. Aunque estaba a salvo de los mongoles, la madre naturaleza decidió lo contrario. Solo un siglo después de su construcción, un terremoto devastador, literalmente, rasgó el monasterio. El terremoto destruyó más de dos tercios de la ciudad, exponiendo sus entrañas ocultas. Sin embargo, a pesar de esto, una comunidad del monasterio persistió 4 siglos más, luego fue asaltada y destruida por los persas. Fue entonces cuando Vardzia fue finalmente abandonada.

Entre un pequeño grupo de monjes, que mantienen este olvidado monasterio, anduvimos visitando las diversas cuevas de la media docena de niveles que quedan, de los 13 que una vez penetraron 50 metros en los acantilados. Por un túnel oscuro llegamos a un manantial, conocido como “las lagrimas de Tamar”, donde el agua brota milagrosamente desde la roca. Allí contemplando, la clara y cristalina lagunilla pensamos en Tamar, y comprendimos que siempre existirá, mientras la recordemos. Vimos en esta construcción titanesca, lo que cada uno llevamos dentro y el alma de quienes la construyeron, vivieron y soñaron con ella.

El dueño del hotel no nos prestó la más mínima atención, parecía que no quería cobrar. El hecho de no llevar efectivo hizo que tuviésemos, que ir al vecino pueblo de Aspindza, a más de media hora de camino, para encontrar un cajero y volver, para poder pagarle. El trayecto, por la carretera, lo hicimos, en total, cuatro veces. No faltó una sola vez, que no nos maravillásemos, ante la majestuosidad del lugar. En sitios así, da gusto cometer este tipo de errores y lo bueno es que tú ya sabes el truco, para dormir gratis en este hotel. Mándame un email y te doy la dirección.

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