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Relato 13 – Batumi la noche de los feos.

La carretera la encontramos atestada, de vacas vagando sin rumbo y de conductores suicidas. El mar y unos inmensos rascacielos, aparecieron ante nuestra vista, cuando llegamos a Batumi, provenientes de Kutaisi.

Batumi es una ciudad del mar negro, està situada en Georgia pero tiene aires turcos. Su lado ruso sale, por donde menos te lo esperas, al igual que sus banderas europeas. Das un paseo y en pocos metros puedes ver: una diminuta sinagoga, una imponente iglesia católica, otra armenia, con sus cantos y sus inciensos, otra georgiana, con sus velas y sus iconos y si cruzas la calle, sin esperarlo, emerge un minarete señalando una mezquita. Se vé una ciudad, que no sabe muy bien, qué puente hay que cruzar o qué puente hay que quemar, pero que avanza hacia un caos donde todo parece encajar.

La modernidad es un gigante desbocado, es la ùltima vuelta de tuerca en este complicado engranaje. La ciudad posee unos edificios modernos, que compiten con los de Dubai, un atractivo paseo marítimo, y a lo largo de estos 6 kilómetros de ventana abierta al mar, la locura dándose cita, con hoteles y restaurantes de lujo imitando, la torre de Pisa, el Partenón griego, o el mismísimo faro de Alejandría, todo ello adornando con las mismas fuentes de agua musicales, que en la capital de Nevada hacen furor.

Al inicio del bulevar, justo al lado de la noria, y entre las palmeras de colores, se encuentra una escultura, que concentra la atención de todos los transeúntes. Se trata de dos esculturas de acero, de más de 3 metros de altura y 7 toneladas de peso. Son dos siluetas, un hombre y una mujer, las estatuas se mueven hasta encontrarse, se funden en un solo cuerpo y se separan en una danza eterna.

Esta obra de arte necesitaba un alma y la encontraron en una novela, que cuenta la trágica historia de un amor eterno. Un joven azerbaiyano musulmán, se enamora de una princesa cristiana georgiana. La pareja es separada, tras la invasión soviética y el joven muere defendiendo su país. Los georgianos bautizaron estas estatuas como Ali y Nino, los nombres de los protagonistas de la novela, en una especie de alegoría a lo difícil que es amar, con el corazón destrozado, desde cada uno de los pedazos.

Esa es la historia que todos cuentan, pero a mi este eterno baile, me sugiere más el poema de Benedetti “La noche de los feos”. Dos personas con deformaciones en el rostro, se encuentran en un cine viendo a gente hermosa, tras conocerse se van a la casa del joven y a oscuras se besan y acarician sus rostros deformes, encontrando la felicidad al atreverse a descorrer las cortinas.

Batumi luce joven, con la cara bien lavada, pero no se te escapa que ha acudido al cirujano, para borrarse las cicatrices y ponerse pecho de tamaño descomunal. Es una desgarbada y destartalada ciudad que, con postizos de todo tipo y tacones de plataforma, intenta engañarse a si misma y que solo será feliz cuando ose mirarse.

Tenemos que volver. Estoy segura de que tiene que haber algo más. No nos podemos perder el MacDonals más suntuoso de la cadena.

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