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Relato 12 – Adishi, la atalaya del Cáucaso

Allá por el año 897, Mikaeli, en el monasterio de Shatberdi, en lo que es ahora el noreste de Turquía, escribió cuatro evangelios sobre la vida de Jesucristo. Más tarde, temiéndose la posibilidad de que fuesen destruidos, se buscó un lugar para preservalos. Cuando llegamos a Adishi, comprendimos porque este había sido el lugar elegido, para conservar el manuscrito más antiguo de la version georgiana de los Evangelios, y es que, durante las muchas invasiones de Georgia, a través de los siglos, los iconos y otros objetos de valor religioso, fueron traídos a esta región aislada, para ser custodiados.

Adishi es una aldea de alta montaña, hermosa, salvaje, misteriosa y tan remota, que nunca fue domada por ningún gobernante. Está enclavada a 2.040 metros sobre el nivel del mar, y se encuentra confinada por picos, de más de 4000 metros, en el corazón del Cáucaso. Llegamos, con los calores del verano y descubrimos un pueblo pintoresco con sus calamitosas torres defensivas o Koshkis. Estas torres, fueron diseñadas para albergar a los aldeanos en tiempos de invasión y luchas locales, construidas originalmente entre los siglos IX y XIII y curiosamente sobreviviendo hasta hoy. Una cosa nos quedaba clara, la pequeña aldea desprendía un áurea de mucha más autenticidad, que su vecina Ushguli.

Estábamos cansados después de la caminata desde Zhabeshi, entre prados alpinos, salpicados con todo tipo de flores. Nadie salió a recibirnos. Tras un paseo por la aldea, decidimos pedir alojamiento en la casa, donde creímos que el Koshki se mantenía más firme. Muchas sonrisas, una copiosa cena y un encontronazo con la cultura local, se unieron a la mística y a la belleza de Adishi. Las vacas mugían en el piso inferior, mientras intentábamos conciliar el sueño y reponer fuerzas, para atacar al día siguiente, el glaciar.

Empezamos la mañana cruzando el puente y cogiendo el sendero, que nos conducía hacia las laderas meridionales del Cáucaso, donde se encuentra el imponente glaciar de Adishi. El sendero nos adentraba por paisajes idílicos, repletos de flores. El sol brillaba y un cielo azul proporcionaba un telón de fondo magnífico.

Durante varias horas, seguimos el curso del rio Adishischala, hasta que el glaciar apareció, bruscamente, ante nuestros ojos. Para tenerlo totalmente de frente, nos faltaba cruzar el helado rio que nos separaba de nuestra meta. Rechazamos orgullosamente la oferta, de un pastor local, para vadearlo a caballo. Al otro lado de la corriente, resucitamos nuestros frías piernas, durante un tiempo y siguiendo el sendero, llegamos hasta el glaciar. Después de hacer varias fotos, y comenzar de nuevo a andar, la imponente lengua del glaciar se movió, rugiendo de una forma atroz, haciéndonos sentir sumisos, frente a la potencia de la naturaleza.

Llegamos a Iprali a media tarde, cansados, pero felices de haber paseado por valles preciosos, en una época, en que las flores le dan olor y color, a los pastos. Solo nos quedaba buscar un taxi, para volver al punto de partida, Zhabeshi, y recuperar nuestro coche.

Las malas decisiones hacen las buenas historias. Un viejo, empalmando sus cigarros y santiguándose en cada cruz que había en el camino, nos cobró una cantidad indecente de laris, la moneda local, por llevarnos a Zhabeshi, en una camioneta desvencijada, por una empinada, tortuosa, y todavía más indecente carretera. Tardamos más de dos horas, en recorrer los pocos kilómetros, que nos separaban de nuestro destino.

Si tienes algo que esconder, no lo dudes, traelo aquí. Estará a buen recaudo. Ya sabes porque los celebres, Evangelios de Adishi, se conservaron en esta atalaya durante siglos.

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