Relato 14 – Cómo destrozar un corazón frio y calculador.

Llegamos tarde. La despedida de Renato se celebró, en un pequeño restaurante, en la carretera del monasterio de Gelati. Con nuestro escaso vocabulario en georgiano y estrechando la mano, saludamos a cada uno de los doce ingenieros, que habían acudido, para despedir, al ingeniero que les había guiado, durante más de cinco años.

La presencia femenina era minoritaria, solamente la traductora y yo, nos dábamos cita en la celebración. Rápidamente fuimos colocadas en el centro de la ya más que repleta mesa. Los manjares estaban apiñados, aliñados con nuez, granada y todo tipo de especias. Mientras que los camareros apilaban varios khachapuris, encima de los repletos platos a la manera georgiana, un ingeniero alardeaba de su participación en la construcción del estadio olímpico de Moscú en 1980.

Los ingenieros cuchichearon entre ellos. Finalmente uno sonrió satisfecho. La traductora nos indicó que habían elegido al tamadà, al maestro de brindis y que íbamos a participar en una fiesta familiar georgiana, llamada Supra. El vino casero, como parte inseparable de la tradicional mesa georgiana, llegó en garrafas, mientas que otro ingeniero se jactaba que eran de su cosecha. Todos los vasos se llenaron y el tamadà se levantó.

El primer brindis fue emotivo, tras santiguarse, en un conmovedor discurso, lo ofreció a Dios y a la paz en el mundo. Todos los presentes ratificamos lo ofrendado, levantando nuestros vasos en el aire. Tras unos murmullos de aprobación, repetimos la palabra “gaumarjos”, confirmando nuestra adhesión al brindis, a lo cual siguió el choque de los vasos, con el del resto de las personas a nuestro alcance y un trago de vino.

El segundo brindis fue dedicado a Georgia, se deshizo en elogios hacia un pequeño, pero estoico pais y no pudimos sino aceptar el reto y beber en honor a todo lo que decían sobre el pais del cáucaso. Supo como engatusarnos y en el tercer brindis habló sobre los ausentes y sobre todos los que han fallecido y llevamos siempre en nuestros corazónes. Era imposible negarse a brindar. El tamadà era elocuente e inteligente en el arte de hacer brindis. No cabía duda, que no era la primera vez que lo hacía. Sabia enlazar las palabras y hacer que todos estuviéramos pendientes de su verborrea. En el cuarto brindis su discurso fue para los niños y la vida. Los “gaumarjos” se sucedían. En el quinto vanaglorió a los padres, que nos dan la vida. Cada brindis superaba al anterior. El alcohol hacia que las emociones fluyeran.

En el sexto todos los elogios fueron hacia las mujeres. Las risas y el buen sentido del humor se daban cita y todos los invitados intentaban competir con nuestro tamadà, pero él siempre ponía la última nota. Tras dos conmovedores brindis por los amigos, y por el amor, el tamadà se puso en pie y comenzó un brindis hacia el homenajeado. Renato turbado bajó la vista, mientras estuvo recibiendo halagos sinceros. Uno tras otro, todos los ingenieros se pusieron en pie y trataron de decir algo más original y emotivo que la persona que lo precedía. Las lagrimas de Renato corrían por sus mejillas y todos haciendo como si no existiesen, se sintieron orgullosos de destrozar el frio y calculador corazón del italiano.

Habíamos oído historias sobre el famoso Supra georgiano. No podíamos creer que pudiéramos tener la oportunidad de asistir a uno y vivir una magnifica experiencia en la que te sientan y embarcan en un juego retorico, que te hace reflexionar acerca de tu presente, tu pasado y tu futuro. Solo puedo decir, que cada sorbo fue una forma de revalidar todos los buenos deseos que se habían prodigado y que quedamos totalmente embriagados tanto en cuerpo como en alma.

Pedimos la cuenta ante las risas de todos los georgianos. Según la costumbre de esta tierra, los extranjeros son un regalo de Dios y como tal, fuimos tratados. Con las manos llenas de Churchkhelas, los dulces tradicionales georgianos, Renato fuertemente emocionado fue el último en levantarse de la mesa.

En el estacionamiento, nos despedimos, nos estrechamos las manos y nos abrazamos balbuceando algunos “madloba”, la palabra georgiana para dar las gracias.

Esperamos, a la vez que tememos, ser parte de otra Supra – siempre que alguna vez, después de esta cena, seamos capaces de volver a tener hambre.

Relato 13 – Batumi la noche de los feos.

La carretera la encontramos atestada, de vacas vagando sin rumbo y de conductores suicidas. El mar y unos inmensos rascacielos, aparecieron ante nuestra vista, cuando llegamos a Batumi, provenientes de Kutaisi.

Batumi es una ciudad del mar negro, està situada en Georgia pero tiene aires turcos. Su lado ruso sale, por donde menos te lo esperas, al igual que sus banderas europeas. Das un paseo y en pocos metros puedes ver: una diminuta sinagoga, una imponente iglesia católica, otra armenia, con sus cantos y sus inciensos, otra georgiana, con sus velas y sus iconos y si cruzas la calle, sin esperarlo, emerge un minarete señalando una mezquita. Se vé una ciudad, que no sabe muy bien, qué puente hay que cruzar o qué puente hay que quemar, pero que avanza hacia un caos donde todo parece encajar.

La modernidad es un gigante desbocado, es la ùltima vuelta de tuerca en este complicado engranaje. La ciudad posee unos edificios modernos, que compiten con los de Dubai, un atractivo paseo marítimo, y a lo largo de estos 6 kilómetros de ventana abierta al mar, la locura dándose cita, con hoteles y restaurantes de lujo imitando, la torre de Pisa, el Partenón griego, o el mismísimo faro de Alejandría, todo ello adornando con las mismas fuentes de agua musicales, que en la capital de Nevada hacen furor.

Al inicio del bulevar, justo al lado de la noria, y entre las palmeras de colores, se encuentra una escultura, que concentra la atención de todos los transeúntes. Se trata de dos esculturas de acero, de más de 3 metros de altura y 7 toneladas de peso. Son dos siluetas, un hombre y una mujer, las estatuas se mueven hasta encontrarse, se funden en un solo cuerpo y se separan en una danza eterna.

Esta obra de arte necesitaba un alma y la encontraron en una novela, que cuenta la trágica historia de un amor eterno. Un joven azerbaiyano musulmán, se enamora de una princesa cristiana georgiana. La pareja es separada, tras la invasión soviética y el joven muere defendiendo su país. Los georgianos bautizaron estas estatuas como Ali y Nino, los nombres de los protagonistas de la novela, en una especie de alegoría a lo difícil que es amar, con el corazón destrozado, desde cada uno de los pedazos.

Esa es la historia que todos cuentan, pero a mi este eterno baile, me sugiere más el poema de Benedetti “La noche de los feos”. Dos personas con deformaciones en el rostro, se encuentran en un cine viendo a gente hermosa, tras conocerse se van a la casa del joven y a oscuras se besan y acarician sus rostros deformes, encontrando la felicidad al atreverse a descorrer las cortinas.

Batumi luce joven, con la cara bien lavada, pero no se te escapa que ha acudido al cirujano, para borrarse las cicatrices y ponerse pecho de tamaño descomunal. Es una desgarbada y destartalada ciudad que, con postizos de todo tipo y tacones de plataforma, intenta engañarse a si misma y que solo será feliz cuando ose mirarse.

Tenemos que volver. Estoy segura de que tiene que haber algo más. No nos podemos perder el MacDonals más suntuoso de la cadena.

Relato 12 – Adishi, la atalaya del Cáucaso

Allá por el año 897, Mikaeli, en el monasterio de Shatberdi, en lo que es ahora el noreste de Turquía, escribió cuatro evangelios sobre la vida de Jesucristo. Más tarde, temiéndose la posibilidad de que fuesen destruidos, se buscó un lugar para preservalos. Cuando llegamos a Adishi, comprendimos porque este había sido el lugar elegido, para conservar el manuscrito más antiguo de la version georgiana de los Evangelios, y es que, durante las muchas invasiones de Georgia, a través de los siglos, los iconos y otros objetos de valor religioso, fueron traídos a esta región aislada, para ser custodiados.

Adishi es una aldea de alta montaña, hermosa, salvaje, misteriosa y tan remota, que nunca fue domada por ningún gobernante. Está enclavada a 2.040 metros sobre el nivel del mar, y se encuentra confinada por picos, de más de 4000 metros, en el corazón del Cáucaso. Llegamos, con los calores del verano y descubrimos un pueblo pintoresco con sus calamitosas torres defensivas o Koshkis. Estas torres, fueron diseñadas para albergar a los aldeanos en tiempos de invasión y luchas locales, construidas originalmente entre los siglos IX y XIII y curiosamente sobreviviendo hasta hoy. Una cosa nos quedaba clara, la pequeña aldea desprendía un áurea de mucha más autenticidad, que su vecina Ushguli.

Estábamos cansados después de la caminata desde Zhabeshi, entre prados alpinos, salpicados con todo tipo de flores. Nadie salió a recibirnos. Tras un paseo por la aldea, decidimos pedir alojamiento en la casa, donde creímos que el Koshki se mantenía más firme. Muchas sonrisas, una copiosa cena y un encontronazo con la cultura local, se unieron a la mística y a la belleza de Adishi. Las vacas mugían en el piso inferior, mientras intentábamos conciliar el sueño y reponer fuerzas, para atacar al día siguiente, el glaciar.

Empezamos la mañana cruzando el puente y cogiendo el sendero, que nos conducía hacia las laderas meridionales del Cáucaso, donde se encuentra el imponente glaciar de Adishi. El sendero nos adentraba por paisajes idílicos, repletos de flores. El sol brillaba y un cielo azul proporcionaba un telón de fondo magnífico.

Durante varias horas, seguimos el curso del rio Adishischala, hasta que el glaciar apareció, bruscamente, ante nuestros ojos. Para tenerlo totalmente de frente, nos faltaba cruzar el helado rio que nos separaba de nuestra meta. Rechazamos orgullosamente la oferta, de un pastor local, para vadearlo a caballo. Al otro lado de la corriente, resucitamos nuestros frías piernas, durante un tiempo y siguiendo el sendero, llegamos hasta el glaciar. Después de hacer varias fotos, y comenzar de nuevo a andar, la imponente lengua del glaciar se movió, rugiendo de una forma atroz, haciéndonos sentir sumisos, frente a la potencia de la naturaleza.

Llegamos a Iprali a media tarde, cansados, pero felices de haber paseado por valles preciosos, en una época, en que las flores le dan olor y color, a los pastos. Solo nos quedaba buscar un taxi, para volver al punto de partida, Zhabeshi, y recuperar nuestro coche.

Las malas decisiones hacen las buenas historias. Un viejo, empalmando sus cigarros y santiguándose en cada cruz que había en el camino, nos cobró una cantidad indecente de laris, la moneda local, por llevarnos a Zhabeshi, en una camioneta desvencijada, por una empinada, tortuosa, y todavía más indecente carretera. Tardamos más de dos horas, en recorrer los pocos kilómetros, que nos separaban de nuestro destino.

Si tienes algo que esconder, no lo dudes, traelo aquí. Estará a buen recaudo. Ya sabes porque los celebres, Evangelios de Adishi, se conservaron en esta atalaya durante siglos.

Relato 11 – Pirosmani, el pintor desdichado.

En el justo momento, en que las primeras gotas empezaron a caer, me encontraba paseando por la calle Rustaveli. Así que puedo decir que fué la lluvia, la que me empujó, a entrar en la National Gallery. La tormenta, tenia toda la pinta, que iba a durar bastante, por lo que decidí ocuparme varias horas viendo el museo. No sabia bien lo que me esperaba, pero me imaginé una tarde apacible, como otras tantas, que he pasado en el Louvre o en el Prado.

Mi decepción inicial fué enorme, al darme cuenta del tamaño del edifico, unas pocas salas y una tienda de souvenirs componían la galería. Maldije mi suerte y me sentí decepcionada, hasta que entré en la sala, donde se exponían las obras de un tal Pirosmani.

Los cuadros de Pirosmani, me impresionaron tanto como su vida, la cual pasó siempre en la pobreza. Nació en la aldea georgiana de Mirzaani, en el seno de una familia campesina, en la provincia de Kakheti. Más tarde quedó huérfano y se quedó bajo el cuidado de sus dos hermanas, trabajó como pastor y, poco a poco, aprendió a pintar.

A pesar de que sus pinturas lograron cierta popularidad local, ganarse la vida con trabajos anodinos, como encalar fachadas o pintar casas, siempre fue una necesidad, por lo que no pudo dedicarse, en cuerpo y alma, a su obra. Uno de los cuadros, que le hicieron entrar por la puerta grande en la historia del arte fue, sin duda, el de Margarita.

El pintor se sintió fascinado por Margarita, una joven bailarina francesa que llegó a Tbilisi en 1905. Se cuenta, que el pintor le conquistó, al regalarle doscientas rosas rojas, que esparció a su paso. La joven bailarina, no tardó en descubrir, que la cartera de su amante estaba vacía, por lo que le abandonó, marchandose a París, dejándole en la más absoluta desesperación, en medio de una gran angustia y tristeza.

La obra de Pirosmani, durante su vida, nunca tubo reconocimiento. En 1918 sin tener nada que llevarse a la boca, murió de desnutrición e insuficiencia hepática, sin saber, que se convertiría, en el artista más caro de la historia georgiana, cuando el ex primer ministro de Georgia, Ivanishvili, pagó un millon y medio de dólares, al adquirir un cuadro suyo en una subasta internacional, que mas tarde donó al museo nacional.

Aunque a todos nos cueste aceptarlo, quizás debemos rendirnos ante la evidencia y concluir que Margarita tubo que abandonar a Pirosmani, para que este se convirtiera en el gran pintor que fué. Margarita, probablemente, se tiene que estar revolviendo en su tumba, solo de pensar, que nunca se llevó uno de sus cuadros.

Décimo post: Kutaisi Mon Amour

Los Amish aparecen en muchas películas americanas. El cliché usado, suele ser, la de una familia numerosa en un carretera de Pensilvania dirigiéndose a la iglesia en buggy. La mayoría de la gente, conoce a estas comunidades religiosas por llevar una vida sencilla, vestidos simples, y su renuncia a adoptar muchas comodidades que brinda la tecnología moderna. Lo que se desconoce es, que en estas comunidades, hay una especie de rito llamado Rumspringa. Para probar su fe, los Amish se separan intencionalmente de sus comunidades lanzándose, sin preámbulos y sin tiempo predeterminado, al mundo exterior. Para los jóvenes Amish, el Rumspringa normalmente comienza alrededor de los dieciocho años y termina cuando el joven, después de meditar su decisión, decide ser bautizado dentro de la iglesia Amish o abandonar la comunidad.

Desde que he llegado a Kutaisi, me da la impresión que estoy en mi propio Rumspringa. Kutaisi, es una sosegada ciudad, situada a la orilla del turbulento rio Rioni, los bosques de hoja caduca rodean la ciudad, sus calles están llenas de altos árboles frondosos y las flores aparecen en cada esquina. Desde la colina de Ukimerioni, donde descansa la catedral de Bagrati, una obra maestra de la arquitectura medieval georgiana, se puede admirar, plácidamente entre vacas, un soberbio atardecer, cuando los últimos rayos del sol se acuestan sobre la ciudad y al fondo se divisan las cumbres de las vecinas montañas nevadas. La capital de Imeretia desprende paz, pero yo me siento, como se debe sentir, un pobre Amish enfrentándose a un mundo desconocido. A priori, no hay peligros, pero la sensación de lejanía de todo lo conocido está presente. Sé que las laberínticas calles, poco a poco, se convertirán en caminos rodados. El vértigo de las decisiones tomadas, la intriga, de lo que el futuro me puede deparar, y la esperanza, de que todo sea positivo en esta aventura, me oprime, pero al mismo tiempo, en cierto modo, me libera el saber, que Kutaisi está exactamente en el mismo proceso.

Esta ciudad, fue un importante centro industrial, antes de la independencia de Georgia, tras el colapso económico del país, muchos habitantes de Kutaisi han tenido que hacer su Rumspringa particular. Kutaisi me da la sensación, que a veces tampoco puede dormir por la noche, que le preocupa su futuro, y que le produce recelo y aprensión interrogarse, acerca de lo que le traerá el mañana. Hay una especie de dirección en todo esto, los habitantes de los pueblos cercanos se lanzan al mundo exterior, buscando una vida mejor, en Kutaisi, en esta ciudad se huye dirección Tbilisi y desde la capital, la sangría es hacia otros países.

No sé cuanto va a durar mi Rumspringa, ni el de Kutaisi. Lo que si que sé, es que la mayoría de Amish, agradecen la experiencia, y antes o después, casi todos vuelven, eligen el bautismo y permanecen para siempre en su iglesia.

Noveno post: Si no tardas mucho, te espero toda la vida.

Cuba, el este Londinense y Tbilisi tienen algo en común: desbordan arte callejero.

A partir de 1959, Cuba se llenó de mensajes propagandísticos que el gobierno pintaba en las paredes, eran frases de Fidel, el Che, o de Martí, usadas con el objetivo de argumentar los valores de la revolución. Dayana, mi amiga cubana me contó que en el patio de su colegio había un mural que decía “Aquí se vive bien”, habían crecido rodeados de estos carteles patrióticos y nadie les prestaba atención, pero una mañana apareció una pintada, aprovechando la frase del mural, imitando la caligrafía y todavía con pintura fresca, alguien había añadido algunas palabras y se podía leer “Aquí se vive bien, Imagínense allí.”

El Director del colegio, representando al gobierno, poseedor de los muros de Cuba, para usarlos en función de su propia libertad de expresión, no cabe duda que entre las risas acalladas de todo el alumnado, buscó y castigó al autor de tan creativo eslogan. Aquellas palabras añadidas y luego borradas llenaron ese vacío mural. Todo el debilitado alumnado alimentado a base de agua con azúcar, en una especie de revancha, cada vez que salían al patio reían la ocurrencia.

Este es solo un ejemplo de porque me gustan los grafittis. En el este de Londres y en Tbilisi, también crecen como champiñones en pasillos oscuros, en muros abandonados al lado de las vías de los trenes, o en estrechas calles. Un buen día, te levantas y allí aparece un grafitti y transforma todo, llenando ese vacío y esa ausencia con algo para reflexionar, para admirar y si está bien hecho para emocionarse.

Mi teoría es que la cantidad de energía creativa de estos lugares simplemente, no puede ser contenida y se derrama en las calles y en los espacios públicos,si-no-tar en un paisaje urbano siempre cambiante, ya que el muro probablemente será arrasado o pintado en breve, y es que lo bonito y romantico de los graffitis es que viven amenazados, en constante peligro de extinción.

Dr. Love, nacido en 1985 como Bacha Khoperia, comenzó a trabajar en el “Street Art” en 2010. Con los años se ha convertido en un artista muy popular, con murales y graffitis por todo Tbilisi. Dr Love crea sus obras basandose en referencias culturales y humorísticas pero siempre en un contexto crítico. El grafitti de la pareja de neandertales haciéndose un selfie, habla por sí sola. Para mí es todo un poema al igual que el titulo del post sacado de una antigua anodina pared.

Ahora ando por todo Tbilisi desesperadamente buscando más grafittis, si alguien sabe donde està el de, una persona entubada a un árbol, por favor que me dé un silvidito.

Octavo Post: Los fantasmas de Tskhaltubo

Luisa se llamaba la enfermera que nos recibió en el “sanatorium”. Con dos besos y un abrazo recibió a Renato y con una amplia sonrisa se dirigió hacia nosotros y, en un par de minutos, nos relato las bondades de la balneoterapia para las enfermedades de todo tipo.

Nuestro amigo había querido que nos diésemos, un baño y un masaje, en el Spa de Stalin. La rectitud de la fachada exterior incluía un friso del georgiano, que fue secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la antigua Unión Soviética y contrastaba con la magnifica y lujosa entrada, adornada con columnas y un espectacular suelo de mármol.

Luisa movía las manos mientras corroboraba, en un inglés casi perfecto, todas las afirmaciones que nuestro amigo refería. Renato nos narró como Khrushchev y Stalin, y los altos mandatarios llegaban a través de la puerta trasera, e iban directamente a la burbujeante y caliente piscina, donde entre beluga, caviar, Champagne y siniestras conversaciones, chapoteaban. Luego, directamente de la piscina, se sentaban en suaves sillas de cuero, envueltos en blancas e impolutas toallas, y se relajaban.

A la salida, después de un glorioso baño, nos percatamos que un panel antiguo, en desuso, había indicado mediante luces cuando salían los autobuses que conectaban con los multiples sanatorios que en la era Soviética se daban cita en Tskhaltubo.

Decidimos ir a verlos. Encontramos la mayoria en ruinas, ocultos entre la vegetacion en las entrañas del parque, prohibidos y cubiertos de, polvo y silencio, evidenciando sus antiguas glorias, sus miedos ya aplacados y sus valores ya perdidos, con un estado de dejadez más que obvia.

Los edificios abandonados nos atraían como imanes, al acercarnos podíamos casi palpar todos los fantasmas que han quedado atrapados en estos inmensos y post-apocalípticos balnearios. Estaba oscureciendo. Parecía como que si, nos quedásemos más tiempo, pronto oiríamos, la música de orquesta, las risas y los bailes de antaño, o sentiríamos un toque frio repentino en la espalda.

Así que nos fuimos. Renato todavía tenía que dar un ultimo detalle. Desde el coche nos señaló algunos sanatorios que se han utilizado para albergar a muchos refugiados, desplazados de sus hogares por conflictos étnicos en Abjasia. La ropa tendida, evidenciando la ocupación, unida a la arquitectura vieja y en decadencia sacudieron mi conciencia.

Aquí en Tskhaltubo se vive, en primera persona, la dura resaca de un sueño que la mayor parte de la población tuvo: construir una sociedad justa y sin clases sociales, el reverso de la moneda es que se hizo en un ambiente de privaciones, desigualdades e injusticias que no han hecho más que empeorar con el tiempo.

Los fantasmas de Tskhaltubo te hablan. Solo hay que parar y escucharles.

Relato 7: Usghuli, las torres remotas del Cáucaso.

La chica de la oficina de turismo de Kutaisi fue clara y concisa: Usghuli no pertenecía a Imeretia, por lo que no me podía dar información de como llegar, al pueblo que está considerado como el asentamiento humano más elevado de Europa.

Con una cuadriculez, a la que ya me voy acostumbrado, me repitió uno tras otro, los sitios de interés turístico de la región. Yo insistí. Quería un trekking en las montañas. Señalando en el mapa, yo le indicaba la región de Svaneti, siguiendo la carretera mas directa sin pasar por Mestia.

Con un teléfono, no de última, sino más bien primera generación, y ya un poco desesperada ante mi insistencia, la delgada y poco agraciada chica, marcó un número y me tendió el teléfono.

La voz proveniente de la oficina de turismo de Mestia fue también clara y concisa: La carretera que yo queria tomar estaba cerrada, había un puerto con más de 2600 metros que en este justo momento, tenia 50 centímetros de nieve, y hasta mediados de julio, la nieve, y el barro hacía que fuese impracticable. La única opción, era llegar en coche hasta Koruldashi, y cruzar el escarpado puerto andando.

http://living-la-vida-georgia.com/post-7-usghuli-las-torres-remotas-del-caucaso.html