1 – Viajar a Georgia (Europa) – Georgia, un pais por descubrir: Consejos y Recomendaciones – Living la vida Georgia

Georgia, un pais por descubrir.

Consejos y Recomendaciones con Alex para Viajar a Georgia (Europa): qué ver y hacer en el país del Cáucaso.
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En la primera parte del programa vamos a hablar con Alex, un Georgianao que tras vivir en el castizo Madrid decidio regresar a Georgia, la tierra que le vio nacer. Ahora se dedica a ayudar a otros viajeros que se adentran como todos con un poco de resquemor y xq no decirlo un poco de miedo, en estas tierras del Caucaso. Y es el que nos va a adentrar en la Georgia que espera a todos esos viajeros que dudan si elegirla o no como destino.
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Para los que quieran enfrascarse en la Georgia mas profunda a traves de la lectura Tambien hablaremos del Libro “La octava vida”, de la escritora georgiana Nino Haratischwili Una novela que relata la historia de una familia Georgiana durante 6 generacions y es capaz de compendiar aspectos de Gabriel García Márquez, de Isabel Allende y de leon Tolstoi, ya que la novela ha sido calificada por la critica como igual de Mágica como Cien años de soledad, igual de intensa como La casa de los espíritus, e igual de monumental como Ana Karenina.
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El Árbol del Trueno La antigua historia de la iglesia de Martvili. Vigésimo segundo relato "Living la vida Georgia" 29

En tiempos inmemorables cuando la gente todavía adoraba a los viejos dioses, en una colina, la más alta de la región de Samegrelo en la Georgia más occidental, crecía un árbol hercúleo con grandes ramas que ascendía hacia los cielos. Era un antiguo árbol sagrado donde en la quietud de la noche, y en ausencia de mujeres, los sacerdotes ofrecían sacrificios humanos, en el altar del dios del trueno, pidiendo a cambio fertilidad y prosperidad. La sangre de los ofrendados, en su mayoría niños, regaban, las raíces y el muérdago extendido por sus ramas, convirtiéndolo en un lugar tan aterrador, que ni las bestias ni los pájaros descansaban en sus ramas o en su sombra.

La Iglesia de Georgia, una de las iglesias cristianas más antiguas del mundo, proclamó la existencia de un Dios único, y tachó de idolatría y paganismo, la adoración de las divinidades de la naturaleza. Los que veneraban piedras, los adoradores de ídolos, los que encendían velas junto a peñascos o en las encrucijadas de los caminos y los que daban culto a árboles y fuentes, fueron perseguidos. Con el ánimo de erradicar las creencias paganas de los bárbaros que moraban estas tierras, no dudaron en atentar contra el dios que moraba dentro del árbol, mandando talar el roble sagrado.

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Relato 21- El arte de cometer errores

Llegamos temprano a Kazbegui y decidimos buscar hotel. Al destino, cuanto le das rienda suelta, siempre acaba poniéndote en el lugar menos pensado, y así improvisando y sin saber lo que iba a acontecer ese día, fue como disfrutamos de un delicioso desayuno con viandas, que ni tan siquiera sabíamos, que ya echábamos de menos. Mientras que la gula de los clientes del hotel dirigía a éstos hacia la sección de dulces, a nosotros nos lanzaba, sin vergüenza, hacia el pan francés recién horneado, la mozzarela y cómo no, hacia el jamón aunque, lamentablemente, fuese de Parma.

El paisaje que se apreciaba desde el hotel era majestuoso, así que decidimos que los escandalosos laris extras que costaba una habitación con vistas, se podrían amortizar con las fotos que íbamos a hacer desde la habitación, a la mañana siguiente y por la tarde, cuando volviésemos de nuestra ruta.

El azar quiso que decidiéramos dejarnos sorprender por el valle del alto Térek, en las inmediaciones de la frontera rusa. Dejamos la iglesia de la trinidad de Gergeti, el símbolo de Georgia, en la cima de una montaña escarpada, rodeada por la inmensidad del monte Kazbeg y continuamos hacia Kobi, para encarar el valle sinuoso que nos adentraba hacia Okrokana y el gran Cáucaso.

Los turistas desaparecieron y nos encontramos solos, caminando en la estrecha garganta, de origen volcánico, del rio Trousso. Las fuentes de agua caliente, gaseosa y ferruginosa adornaban el paisaje con colores imposibles y las cataratas ricas en carbonato cálcico, que se han ido sedimentado sobre la roca, formaban un paisaje parecido en cierta forma al de Pamukkale en la Capadocia.

Andábamos absortos en la contemplación de estos paisajes cuando, de repente, varios caballos a galope nos pasaron desde detrás, por el lado, dándonos un gran susto. Con el corazón agitado, insultamos a los locales por su imprudencia, bebimos un poco de agua y continuamos siguiendo el curso del rio. Justo cuando el rio hizo un quiebro hacia la derecha, fue cuando nos encontramos frente a un amplio valle, por donde solo faltaban los mismos jinetes de Rohan, para parecer como recién sacado del libro de Tolkien “El Señor de los Anillos”. La vista era grandiosa, al fondo, muy a lo lejos, se divisaba el pueblo de Kétrissi, con varias torres semiderruidas. El río serpenteaba por el valle, mientras que caballos, vacas y ovejas pastaban en la llanura. Sin presentir lo que se nos venia encima, hicimos fotos, tomamos una bocanada de aire fresco y continuamos por el sendero que bordeaba el río.

El error ya estaba hecho, cuando nos percatamos que un perro pastor, de los que cuidaba el ganado, nos estaba observando. El segundo error fue mantener contacto visual con él. El enorme perro era blanco como el armiño y yo, no podía dejar de mirarlo. En cuestión de segundos, cinco perros como salidos de la nada estaban rodeándonos. Habíamos cometido la imprudencia de caminar por el sendero, que separaba el rebaño de sus guardianes, los perros. Nunca en mi vida, creo que he sentido tanto miedo. Solo pude apreciar, que otro de los inmensos perro que nos ladraba, era gris. Cuando ví sus colmillos, cerré los ojos, y casi sentí, que mi vida se iba a acabar allí mismo, desgarrada por aquellas fauces. Todavía hoy me pregunto, como tuvimos el valor de alzar los bastones que utilizamos para andar, amedentrando un poco así, a la jauría de perros y, poco a poco, reculando muy despacio, no sé como logramos salir de allí.

Cuando por fin regresamos al hotel, las piernas todavía nos temblaban, y como tocados por una oscura maldición, la neblina que nos recibió se fue convirtiendose en una espesa niebla que duró hasta el dia siguiente en que dejamos el hotel impidiendo las vistas prometidas.

Hay días en que la suerte parece que contempla con desdén las desventuras de este pequeño mundo nuestro. Tocaremos madera.

Relato 20 – Anatomía de un Paseo por la Cueva de Prometeo.

Llegamos a media tarde a la cueva de Kumistavi, justo cuando los rayos del sol de agosto, empezaban a hacer alargadas las sombras de los arboles. Decenas de turistas esperábamos, impacientemente, arremolinados en un estrecho vestíbulo. La puerta se abrió súbitamente y una guía, dejándose la garganta en ello, comenzó a dar instrucciones en varios idiomas, tratando de dirigir, sin conseguirlo, al enorme grupo, que se disponía a visitar el kilómetro y medio de galerías subterráneas, que se pueden explorar en la, también llamada, cueva de Prometeo.

Prometeo fue el Titán, que junto con Epimeteo, recibió la tarea de crear al hombre. Después que Zeus prohibiera a los hombres el fuego, Prometeo decidió robarlo, así que subió al monte Olimpo, lo cogió del carro de Helios y consiguió devolverlo a los hombres. Como resultado de esto, Zeus ordenó a sus sirvientes apresar al inmortal Prometeo, llevarlo a las montañas del Cáucaso y encadenarlo a una roca, donde cada día un águila lo atormentaba comiendo su hígado.

A pesar de mi esfuerzo, en mi mente, Prometeo, no acudía a la cita. Mi mente vagaba por mi viejo instituto, exactamente en clase de filosofía y casi, a pesar del olor a humedad y del repentino frio, podía escuchar como mi profesor, con esa ronquera crónica que tenia, nos explicaba el mito de la caverna. Recuerdo muy bien como me imaginé la caverna, con la cual Platón intentaba describir la ignorancia del hombre, cuando el alma pierde todo detalle de lo que había visto en el mundo de las ideas. Sin darme cuenta, la cueva de Kumistavi se había convertido en la cueva de Platón.

Tras descolgarnos voluntariamente del grupo, nos dejamos deslumbrar por las estalactitas, las estalagmitas, las cascadas petrificadas, los lagos y ríos subterráneos, y la artificial iluminación de las 6 grandiosas salas. Sin quererlo, mi mente divagaba y proyectaba, en esta húmeda cueva, a los presos de Platón atados con cadenas, de espaldas al fuego, contemplando las sombras, su única realidad. Entre murciélagos, que volaban por los altos techos de la cueva, fui recordando, como mi profesor, desprendiendo ese olor a tabaco dulce, nos contaba como a un prisionero de aquellos, se le obligaba a salir de la cueva y mirar los objetos con la luz del sol, para comprender lo que realmente estaba viendo.

Despues de una hora de paseo, por la misteriosa y sombría cueva, montamos en la última barca para salir a la superficie por el rio subterráneo. Yo absorta en mis pensamientos, mientras la barquichuela se deslizaba por frías y cristalinas aguas, me encontré dejando el instituto y acudiendo a la Casa de Cultura, donde una tarde fría de invierno, se proyectó Matrix, la version moderna del Mito de la Caverna. Con un jersey de rayas de colores y despeinada, me ví a misma, viendo a Neo escogiendo la pastilla que le ayudaría a descubrir el mundo falso en el que vivía.

No sé porque mi mente me llevó, aquella tarde, por estos derroteros. Tampoco sé cual es mi verdad, y no me apetece saber si lo que percibo, es una sombra o una ilusión. Supongo, que habrá que dejarse llevar por la intuición y confiar en la voz interior, que te dice por donde ir.

Esperemos que no aparezca Morfeo, para ofrecerme la pastilla roja.

Relato 19 – Letras y Letrinas

Ahora, que ya llevo cierto tiempo en Georgia, puedo decir, que una de las cosas que más me gusta, es que la globalización todavía no ha hecho estragos exterminando la peculiaridad, en este recóndito y perdido país. Aquí, los muebles suecos, por ahora, no decoran las casas. Es muy fácil ignorar a las franquicias de comida rápida o, a los cafés, donde ponen tu nombre en el vaso, los cuales surgen, sin vergüenza, en las plazas de las grandes ciudades. Y en los pueblos dificilmente se puede acceder a los mismos comercios de ropa diseñada para masas, manufacturada a precio sin competencia, en el sureste asiático. No es solo Georgia, el mundo entero avanza implacable hacia una homogenización, donde tendemos a exigir unos estándares mínimos, que hace años no existían en la mayor parte del mundo.

Mi amiga y su marido, se fueron a la China de Luna de miel, y no escatimaron en gastos para que el viaje fuese el soñado. Una vez en la agencia, ante las propuestas de la empleada, a todo dijeron que si. Cualquier cosa que suponía un poco de riesgo, a costa de incrementar unos cuantos dolares la cuenta, fue eliminado. Las vacaciones llegaron y el estrés de mis amigos de llegar a un país desconocido, iba con ellos en la maleta, pero, poco a poco, se fueron calmando. Todo salia según lo previsto. Su único cometido era asegurarse de sonreír y de apretar el botón de la cámara de fotos. En cada lugar que visitaban, había un fondo diferente y, la misma botella de champán y el mismo plato de jamón ibérico, para festejar una puesta de sol en un lugar de ensueño. Los pulcros hoteles de cinco estrellas con vistas, no defraudaron y el guía, al cual ellos, cariñosamente, llamaban Manolo, les explicaba, la cultura china y sus monumentos, dentro de un taxi resplandeciente, con cristales tintados, a temperatura óptima.

El ultimo día, en plena visita de la inigualable ciudad prohibida, en Pekin, Manolo palideció ante la petición de mi amiga. Esta se hacía pis. Manolo, claramente, le había advertido de realizar sus necesidades básicas en el hotel, antes del salir. El destino quiso, que la urgencia de la situación, le hiciese conocer la verdadera china, que ellos con sus dolares habían tratado de esquivar. Tuvo la suerte de visitar unos baños chinos abiertos, donde a la vista del resto y en cuclillas pudo liberar su vejiga, mientras que por la pequeña zanja, donde ella también contribuía, pasaban cosas que no quiso mirar, mientras sus vecinos ignoraban todo y charlaban amigablemente entre ellos.

Podemos quedarnos tranquilos sabiendo que la tendencia internacional se dirige indiscutiblemente hacia los baños con puerta cerrada y que, cada vez, sera más difícil, encontrar este tipo de aseos, donde uno entre arriesgándose a encontrar a un señor de Xian en cuclillas, haciendo sus cosas a la vista de cualquiera. Georgia, con baños correctos, avanza a pasos de gigante hacia la normalización en el resto, así que mientras caminamos hacia un futuro que aspira a que todas las ciudades confluyan en un mismo punto, estaremos aliviando a los poco deseosos de aventuras, pero nos estaremos perdiendo algo.

Es una pena que todas las ciudades del planeta, paulatinamente, se estén clonándose unas a otras. En breve, no me cabe la menor duda, nos costará diferenciar, no solo los váteres, sino todas las calles de Londres, de Kutaisi o de Pekin.

Nos equivocamos tomando esta dirección pero que le vamos a hacer, al fin y al cabo, todos somos sentimientos y tenemos humanos.

Relato 18 – Castillos en la Niebla

Cuando yo era pequeña, mi madre se leyó la novela de Verne, Miguel Strogoff. Recuerdo como le impresionó tal lectura y como, todos mis hermanos y yo, hacíamos fuerza, para que Miguel llegase al otro lado de Siberia, mientras nuestra madre, nos relataba las aventuras a las cuales se exponía el susodicho, para advertir, al hermano del zar, de los planes del traidor Ogaref. Los libros de Salgari, que nos traía mi tío, ocupaban mis veranos y me hacían viajar a lugares lejanos, selvas, mares, montañas y ciudades inventadas. No sé, si el hecho de leerme, más de 10 veces, “La Isla del Tesoro”, o emocionarme con “Los Goonies”, “La Princesa Prometida” o “Willow”, ha forjado mi carácter pero ahora, que estoy en Georgia, me doy cuenta que la niña de 10 años que yo era, hubiera dado, un ojo y parte del otro, para poder ver, tan solo la mitad, de lo que estoy viendo aquí. Le hubiese encantado acampar junto a montañas enormes, ríos helados o glaciares perdidos y sobre todo, como sacado de un libro de “Los cinco” de Enid Blyton, vivir una aventura, yendo en busca de la olvidada fortaleza de Khikhani.

Desde Batumi, decidimos dejarnos sorprender por la región de Khulo y sus mezquitas de influencia otomana, en el interior de Adjara. Tras visitar el antiguo puente arqueado de piedra, sobre el rio Machakhela, nos planteamos dos opciones, la más loca era la de llegar a la fortaleza de Khikhani, al lado de la frontera turca, por una carretera sin asfaltar, larga y tortuosa, así que sin meditarlo mucho continuamos por el valle maravillándonos con las exuberantes colinas, que se forman desde la costa y que se convierten en altos picos superando 3000m tierra adentro.

Decidimos hacer a pie los últimos kilómetros, nos abrigamos y comenzamos una caminata, siguiendo los confusos y contradictorios carteles, que nos conducían a nuestro destino. Tras una curva, apareció una torre de control, donde unos prismáticos nos observaban. Dos curvas más tarde, varios militares, con metralletas en mano, nos cortaron el paso. Después del susto inicial, con algunas palabras en ruso y en georgiano logramos comunicarnos, les indicamos que nos dirigíamos a Khikhani, nos señalaron el camino y nos advirtieron de lo escarpado y duro que era el ultimo tramo.

Una fina lluvia empezó a calarnos, la niebla ocultaba las impresionantes rocas rojas del fondo, mientras que el sendero nos conducía a la cresta meridional, el único acceso que tiene la fortaleza. La vegetación empezó a ser frondosa, mi imaginación asociaba estos bosques con los de Borneo o cualquier otro lugar donde Salgari hubiese podido ubicar a alguno de sus personajes, la pendiente comenzó a ser extenuante, la niebla se espesaba por momentos, ayudándonos a no ver la pendiente y sentir vértigo. Los altos arboles en la escarpada pendiente se elevaban hacia el cielo y nos hacían parecer diminutos, las escaleras de madera y varios pasos, donde literalmente escalamos con las manos, no nos daban tregua y cuando ya estábamos valorando la posibilidad de retroceder, ante lo tarde que se habia hecho y todos los impedimentos que nos sacudían, vimos los primeros restos de ruinas y la primera torre.

La emoción fue mayúscula, el corazón nos latía en la boca, ni el mismísimo MachuPichu o la ciudad de Petra me han causado algo parecido, la ausencia de turistas, el esfuerzo que supone llegar hasta allí, las inclemencias del tiempo y la sensación de urgencia, ante el inminente peligro que supone estar allí y el regresar sano y salvo, nos hizo contemplar aquella fortaleza como una fascinante aventura. La niña de 10 años que todavía palpita en mi, me empujó y me alentó, para que tuviese cuidado y guardara todo aquello en mi mente agradeciéndome, que la sacase de su escondrijo y le obsequiara, no con las vistas, ya que la niebla cubría todo, sino con unas emociones con la cuales ella siempre había soñado.

Llegamos de noche al coche, cansados pero contentos con la satisfacción de haber aprovechado un día de nuestras vidas.

Internet sin rezarle provee. Lo que nos perdimos, en Youtube se encuentra, lo que ganamos, decididamente no.

Relato 17- La Ballena Azul

Entre ruidos de secadores de pelo y olores de permanentes andaba hablando por teléfono con mi hermana, de cosas tan triviales, como la horrible picadura de abeja que llevaba en mi espalda. Cuando colgué, una voz proveniente, desde detrás de mi hombro derecho, me indicó que aplicar unas hojas de salvia, en el picotazo, haría disminuir mi malestar. Me sorprendí al escuchar este consejo, más que nada, porque primero, era en castellano y segundo, porque estaba enredado en un acento, un tanto particular. Me giré y vi a una señora de mediana edad, con los cabellos alborotados, esperando pacientemente, que el tinte hiciese su efecto.

Rápidamente entablamos una conversación, que naturalmente empezó, cuando yo le pregunté, por el lugar, donde había aprendido a hablar castellano. Sin darme cuenta, me vi inmersa en su vida. Con iguales dosis, de frialdad y de ternura, me fue relatando, como la ausencia de oportunidades y la lucha por la supervivencia, hicieron, que tras la guerra, se marchase en busca de una mejor vida para los suyos, primero a Grecia, y luego, a Jaén. En muy poco tiempo, su vida basculó, me contó, cómo de contable, en una gran fabrica soviética, a las afueras de Kutaisi, pasó a trabajar en un pais extraño, en el campo recolectando aceituna. Me siguió narrando su vida, yo le pedía detalles y ella, a su vez, amablemente me los daba. Con una sinceridad espantosa me relató, que su permanencia en Kutaisi, se debía, simplemente, a que su nieta había intentado suicidarse.

Me sentí petrificada en el sillón, sintiéndome culpable de haber empezado la conversación. Ella notó mi incomodidad, pero continuó su relato. Su nieta con, tan solo, 14 años, retraída y con problemas de comunicación, encontró refugio en su mundo, se volcó en su ordenador y comenzó un juego muy peligroso llamado “La Ballena Azul”. Unos administradores canallas, aprovechando el alcance y el anonimato de la red, desafían a los que se atreven a jugar, proponiendo macabros retos, a personas mentalmente inestables. Su nieta empezó viendo horribles videos, que le eran designados, se clavó varias agujas en las piernas y brazos, estuvo varias horas en el puente, que une las dos orillas del Rioni, mirando al vacío y así, una tras otra, completó las 49 tareas, que los administradores del juego le propusieron. La definitiva y última fue, que se debía lanzar, desde un quinto piso al abismo. El destino quiso, que el mismo día, en que los torturadores eligieron, para acabar su siniestro juego, su abuela regresara, desde su exilio y evitara, casi por casualidad, el drama.

Desde entonces no ha podido dejarla, vive como su angel guardián, velando por ella y temiendo, que un día acabe el maldito juego. El sufrimiento de Ulises, el héroe mítico que afrontó innumerables adversidades y peligros, lejos de sus seres queridos se queda corto, ante tamaña empresa. Penélope su esposa, y su hijo Telémaco, sufrieron esperándole durante veinte años, pero una vez que Ulises logró regresar a Ítaca, la tragedia griega llegó a su fin.

Las peores tragedias son las que nunca acaban. Sé que las personas excepcionales están llenas de cicatrices, y que, como Bertolt Brecht dice, los que luchan toda la vida, son los imprescindibles, pero hoy tengo ganas de regresar a casa y de quejarme de esta vida, donde la dura realidad, por más que queramos lo contrario, siempre supera a la ficción.

Perro mundo.

Relato 15 – De camino a Vardzia.

La fortuna no suele venir a nuestra casa a buscarnos. Hay que provocarla. Nunca se sabe, en que vuelta de esquina aparece el décimo premiado, así que nada mejor como ponerse unas buenas botas y empezar a caminar. Cuantas más esquinas dobles, la probabilidad de encontrarte cosas buenas aumenta y así andábamos nosotros, dejando nuestro destino en las manos de un GPS, aún sabiendo, que el rumbo que nos marcaba era equivocado. Hay que rendirse ante la evidencia, que en el fondo las cosas tienen sus planes secretos, tú no sabes muy bien porque, pero te dejas llevar y si bien la carretera para ir a Vardzia, es más rápida vía Borjomi, ir dirección Baghdati, fue más largo y tortuoso, pero nos dio una grata sorpresa.

Después de Baghdati, sin esperarlo y sin previo aviso, la carretera dejo de existir como tal, y se convirtió en un camino polvoriento. Los optimistas sabemos concentrarnos en las cosas positivas, asi que nos dejamos maravillar, por los encantos del llamado Pequeño Cáucaso, última barrera montañosa de la gran cordillera, cuya altitud media está en torno a los 2.000 metros. Los bosques de robles, castaños y hayas con riachuelos, daban paso a escarpadas montañas repletas de abedules, pinos y abetos. El camino serpenteaba por las abruptas laderas, buscando los collados, donde atravesar la empalizada, que suponen estas montañas, cuando de repente, decenas de vacas aparecieron ante nuestra vista y el bosque fue remplazado por praderas altas y prados alpinos, salpicados con rododendros en flor.

A lo lejos, algo llamó nuestra atención. Una concentración anormal de vehículos, caballos y de personas se divisaba en lo alto de la colina. Decidimos acercarnos y, a la manera georgiana, fuimos invitados, sin moderación, a participar en la celebración, que allí acaecía. En un inglés, más que mejorable, nos indicaron, que habíamos llegado en el instante preciso y que, en breve, comenzaría la carrera de caballos. No podíamos creer en nuestra suerte. Una bandera georgiana, un fusil y una bengala dieron la salida y unos siete caballos, comenzaron una carrera en los prados. El público, situado en la cima de la montaña, seguía desde las alturas, como los jinetes luchaban por conseguir la codiciada bandera. La escena era, como sacada de un documental, dos jinetes, en medio de la nada, galoparon más rápido que el resto por los prados alpinos, hasta que finalmente, solamente uno, agarró la bandera y ante la aclamación popular, fue a depositarla entre las rocas, para que ondeara en lo alto de la segunda colina, que aparecía un poco más abajo.

Bajamos con el gentío al pequeño valle. Mientras las monjas vendían, todo tipo de objetos, para recaudar dinero, para construir la nueva iglesia, unas ollas enormes humeaban entre las manos expertas, que retorcían una masa blanca, que convertían en queso. Un escenario, en medio de la montaña, se había montado. Decenas de personas, ataviadas con el traje típico, se preparaban para bailar y cantar en lo alto de las montañas. El sol lucía. El vino y el queso se servían a raudales.

Pudimos disfrutar de una música tradicional, rica y vibrante, la tradición polifónica, más antigua del mundo cristiano, estaba a nuestro alcance, en un escenario digno de un rey. A través de un fastuoso repertorio, los hombres cantaban, un tenor dirigía la canción, y las otras voces improvisaban, con o sin acompañamiento de instrumentos locales. Llegó el turno de las bailarinas, que deslizándose como cisnes, nos dejaban absortos. Un bailarín supo bailar guardando el equilibrio, con una botella en la cabeza. Finalmente, varios grupos de chicos realizaron espectaculares saltos, vueltas, y giros increíbles, bailando sobre los dedos de sus pies y blandiendo espadas dando un espectáculo que nos puso los pelos de punta.

Cómo y cuándo, llegamos a Vardzia, es otra historia, pero a menudo, cuando normalmente se busca otra cosa distinta, sin atarle nada a San Cucufato, como suele hacer mi tía María Dolores en casos desesperados, te encuentras con hallazgos afortunados e inesperados como este, que hacen que tu día sea portentoso.

El azar solo premia a quienes se atreven a jugar con él. Ya lo sabes, piérdete.

Relato 16 – El reino subterráneo de la fascinante Tamar

La carretera continuó abriéndose paso, por collados imposibles, hasta que dejamos atrás el pequeño Cáucaso. El paisaje cambió por completo. Siguiendo el curso del rio Mtkvari, nos encontramos con tierras áridas y rocosas, que nos recordaban a la meseta castellana. Tras una curva, divisamos, en la alta colina rocosa, en el estrecho cañón, en la confluencia de los ríos Mtkvari y Paravani, un imponente castillo. Desde una de las fortalezas más antiguas de Georgia, el castillo de Khertvisi, vimos la puesta de sol, sintiéndonos afortunados de pasear, entre los mismos muros, por donde el mismo Alejandro Magno, Mongoles, Turcos y Rusos dejaron sus huellas.

Llegamos a Vardzia con las últimas luces del día. Como tomado directamente, de las páginas del Señor de los Anillos, a la derecha apareció un monasterio, excavado en la sólida roca, construido, no por enanos, sino por georgianos y su legendaria reina Tamar. Cruzamos el puente, dejando la visita para el día siguiente y buscamos un lugar donde pasar la noche.

Por la mañana, decidimos explorar el complejo sistema de cuevas ennegrecidas con humo y sinuosos túneles. Los murales en la Iglesia de la Asunción, situada en el centro del monasterio, retrataban escenas del Nuevo Testamento. En la pared del norte, pudimos ver un retrato de la fascinante reina Tamar y revivimos su historia. Y es que al final del siglo XII, el reino medieval de Georgia, se resistía al ataque de las hordas mongolas, la fuerza más devastadora que Europa había visto jamás. La reina Tamar ordenó la construcción de este santuario subterráneo. Cuando se completó esta fortaleza subterránea contenía 6000 habitáculos, una sala de trono y una gran iglesia con un campanario exterior. Se dice que la reina Tamar, la primera mujer soberana de Georgia, disponía de 366 habitaciones, para que en el caso que Vardzia fuese invadido, al enemigo le costase ubicarla.

Se supone que el único acceso a esta fortaleza era, a través de un túnel oculto, cuya entrada estaba cerca de la orilla del río. Con tales defensas, el lugar era inexpugnable. Aunque estaba a salvo de los mongoles, la madre naturaleza decidió lo contrario. Solo un siglo después de su construcción, un terremoto devastador, literalmente, rasgó el monasterio. El terremoto destruyó más de dos tercios de la ciudad, exponiendo sus entrañas ocultas. Sin embargo, a pesar de esto, una comunidad del monasterio persistió 4 siglos más, luego fue asaltada y destruida por los persas. Fue entonces cuando Vardzia fue finalmente abandonada.

Entre un pequeño grupo de monjes, que mantienen este olvidado monasterio, anduvimos visitando las diversas cuevas de la media docena de niveles que quedan, de los 13 que una vez penetraron 50 metros en los acantilados. Por un túnel oscuro llegamos a un manantial, conocido como “las lagrimas de Tamar”, donde el agua brota milagrosamente desde la roca. Allí contemplando, la clara y cristalina lagunilla pensamos en Tamar, y comprendimos que siempre existirá, mientras la recordemos. Vimos en esta construcción titanesca, lo que cada uno llevamos dentro y el alma de quienes la construyeron, vivieron y soñaron con ella.

El dueño del hotel no nos prestó la más mínima atención, parecía que no quería cobrar. El hecho de no llevar efectivo hizo que tuviésemos, que ir al vecino pueblo de Aspindza, a más de media hora de camino, para encontrar un cajero y volver, para poder pagarle. El trayecto, por la carretera, lo hicimos, en total, cuatro veces. No faltó una sola vez, que no nos maravillásemos, ante la majestuosidad del lugar. En sitios así, da gusto cometer este tipo de errores y lo bueno es que tú ya sabes el truco, para dormir gratis en este hotel. Mándame un email y te doy la dirección.